Escuela Cuzqueña: el barroco mestizo de los Andes
En la catedral del Cuzco hay una Última Cena con un cuy en el centro de la mesa. Ese detalle resume el espíritu de la Escuela Cuzqueña, donde la pintura europea aprendió a mirar los Andes.
En la catedral del Cuzco, en lo alto de un muro, cuelga una Última Cena que sorprende a quien la mira con atención. Jesús y los apóstoles están reunidos en torno a la mesa, como en tantas versiones europeas del tema. Pero en el centro, en la fuente principal, no hay cordero: hay un cuy asado, el roedor andino que desde tiempos antiguos forma parte de la alimentación y los rituales de la región. La pintó Marcos Zapata a mediados del siglo XVIII.
Ese detalle resume el espíritu de la Escuela Cuzqueña, uno de los movimientos artísticos más originales de la América virreinal. Nació a partir de modelos europeos, pero los pintores andinos los transformaron hasta crear un lenguaje propio, lleno de oro, de color y de paisajes que no se parecían a ningún otro.

Maestros que llegaron de lejos
A finales del siglo XVI, las iglesias y conventos que se levantaban en el virreinato del Perú necesitaban imágenes. Para llenar sus muros llegaron pintores europeos, sobre todo italianos. El más influyente fue el jesuita Bernardo Bitti, que desembarcó en Lima en la década de 1570 y trabajó después en el Cuzco. Su estilo manierista, de figuras alargadas y elegantes, marcó a toda una generación. Junto a él trabajaron otros italianos, como Mateo Pérez de Alesio, que antes había pintado en la Capilla Sixtina, y Angelino Medoro.
A esos maestros se sumó una fuente de inspiración inagotable: los grabados. Las estampas flamencas y europeas viajaban en los barcos y servían de modelo a los talleres americanos, que copiaban sus composiciones y las adaptaban con libertad. Un mismo grabado podía inspirar cuadros pintados con más de un siglo de diferencia, cada uno con su propio colorido.
Diego Quispe Tito, el precursor
El gran salto lo dio un pintor nacido en 1611 en San Sebastián, una parroquia cercana al Cuzco. Diego Quispe Tito, descendiente de una familia noble inca, aprendió la técnica de los maestros europeos y la llevó a un terreno nuevo. Combinó el manierismo italiano y la minuciosidad flamenca con algo que no aparecía en sus modelos: amplios paisajes, árboles frondosos llenos de pájaros y una libertad poco habitual en el manejo de la perspectiva.
Entre sus obras destaca una serie de doce lienzos para la catedral del Cuzco que relaciona escenas de la vida de Cristo con los signos del zodiaco. En 1675 firmó un Juicio Final para el convento de San Francisco del Cuzco, basado en un grabado europeo pero con una paleta de color y unos detalles propios. Murió en 1681. Su manera de pintar se convirtió en modelo para las generaciones siguientes, y hoy se le considera el verdadero precursor de la Escuela Cuzqueña.

Talleres propios y una producción inmensa
El Cuzco vivió en la segunda mitad del siglo XVII un intenso auge artístico. El terremoto de 1650 obligó a reconstruir buena parte de sus iglesias, y la demanda de pinturas se disparó. En aquel ambiente convivían pintores de distintos orígenes, y las tensiones entre los maestros españoles y los indígenas acabaron en 1688 con la división del gremio de pintores. A partir de entonces, los artistas indígenas y mestizos organizaron sus propios talleres, con mayor libertad para desarrollar su estilo.
Esa independencia dio a la escuela su carácter más reconocible. Junto a Quispe Tito brillaron otros nombres, como Basilio de Santa Cruz Pumacallao, más apegado a los cánones del barroco europeo. Pero la mayoría de los cuadros salieron de talleres anónimos que trabajaban casi a escala industrial. Desde el Cuzco, sus lienzos se difundieron por todo el virreinato, y hoy se conservan en museos y templos de Bolivia, Chile y el noroeste argentino.
De esa época data una de las joyas de la escuela: la serie del Corpus Christi, pintada hacia 1680 por un seguidor anónimo de Quispe Tito. Sus lienzos retratan la gran procesión del Cuzco, con autoridades, cofradías y caciques indígenas vestidos con sus mejores galas.
Señas de identidad de la Escuela Cuzqueña
La pintura cuzqueña se reconoce a simple vista. Su rasgo más llamativo es el brocateado: finísimos dibujos de pan de oro aplicados sobre los mantos y vestidos de vírgenes y santos, que imitan los ricos tejidos de brocado y hacen brillar los cuadros a la luz de las velas. Las vírgenes suelen aparecer con mantos de forma triangular, casi como una montaña. La historiadora boliviana Teresa Gisbert propuso relacionar esa forma con los cerros sagrados del mundo andino, aunque es una interpretación que sigue debatiéndose.
Otro motivo inconfundible son los ángeles arcabuceros: arcángeles vestidos como caballeros a la moda del siglo XVII, con sombreros de plumas y armas de fuego, que se pintaron en series en distintos lugares de los Andes. Y en casi todas las obras aparecen el paisaje, la flora y la fauna de la región: loros, guacamayos, frutas tropicales y montañas. Con el tiempo, la escuela evolucionó hacia formas más planas y coloristas. La Última Cena de Marcos Zapata, con su cuy en la mesa, pertenece a esa etapa tardía, en la que lo local se volvió cada vez más visible.

Un arte mestizo
Durante mucho tiempo, la pintura cuzqueña se consideró una simple copia provinciana del arte europeo. Hoy se valora justo por lo contrario: por su capacidad de tomar un lenguaje llegado de fuera y convertirlo en algo propio. En sus lienzos conviven el manierismo italiano, los grabados flamencos, la devoción católica y la mirada de unos pintores andinos que miraban su propio entorno.
Sus obras se conservan hoy en iglesias, conventos y museos de ambos lados del Atlántico, y su estética sigue inspirando a artesanos y pintores del Cuzco. La Escuela Cuzqueña demuestra que el arte, al cruzar el océano, no se limitó a viajar: incluyó en su expresión un acento nuevo.
Para saber más
Mesa, José de y Gisbert, Teresa. Historia de la pintura cuzqueña. Banco Wiese / Fundación Augusto N. Wiese, 1982.
Gisbert, Teresa. Iconografía y mitos indígenas en el arte. Gisbert y Cía., 1980.
Gutiérrez, Ramón (coord.). Pintura, escultura y artes útiles en Iberoamérica, 1500-1825. Cátedra, 1995.



