Buñuel en México: el cineasta que renació al otro lado del océano
En 1946, Luis Buñuel llegó a México casi de paso y sin haber dirigido una película en años. Se quedó treinta y seis, y allí rodó algunas de las obras más importantes de la historia del cine.
En 1946, Luis Buñuel llegó a México con cuarenta y seis años y una carrera que parecía haber quedado atrás. El aragonés que había escandalizado a París con Un perro andaluz y La edad de oro, junto a su amigo Salvador Dalí, llevaba más de una década sin dirigir una película. En Estados Unidos había trabajado en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y en el doblaje de películas en Hollywood, lejos de las cámaras.
Nadie podía imaginar que la etapa de Buñuel en México, al que llegó casi de paso, se convertiría en su hogar durante treinta y seis años. Ni que allí, entre comedias de encargo y melodramas, iba a firmar algunas de las películas más importantes de la historia del cine.

Un comienzo con tropiezos
El hombre que le abrió las puertas del cine mexicano fue Óscar Dancigers, un productor de origen ruso que había llegado a México huyendo de la guerra. Le propuso dirigir Gran Casino (1947), un musical con dos estrellas de primera fila: la argentina Libertad Lamarque y el mexicano Jorge Negrete. Pese al reparto, la película fue un fracaso en taquilla, y Buñuel pasó casi tres años sin trabajar.
La segunda oportunidad llegó con El gran calavera (1949), una comedia protagonizada por Fernando Soler sobre un millonario derrochador al que su familia hace creer que se ha arruinado. Buñuel quería demostrar que sabía manejar el cine comercial, y lo consiguió: la película fue un éxito. A cambio, Dancigers le concedió algo que llevaba años esperando, libertad para rodar un proyecto propio. La historia de aquella comedia sigue viva: en 2013 inspiró Nosotros los nobles, una de las películas más taquilleras del cine mexicano.
Los olvidados
El proyecto era Los olvidados (1950), la historia de un grupo de adolescentes en los barrios más pobres de Ciudad de México. Buñuel se preparó a fondo: recorrió durante meses las zonas marginales de la capital para conocer la vida de sus habitantes. Admiraba el neorrealismo italiano, en especial El limpiabotas (1946) de Vittorio de Sica, pero su película fue mucho más allá. A la crudeza documental le sumó escenas oníricas que recordaban su pasado surrealista.
El estreno, en diciembre de 1950, causó escándalo. Parte del público y de la prensa mexicana consideró ofensivo el retrato de la miseria, y la película estuvo pocos días en cartel. Todo cambió al año siguiente en el Festival de Cannes, donde Los olvidados obtuvo el premio a la mejor dirección. La crítica internacional redescubrió a Buñuel, y en México la película pasó del rechazo al reconocimiento.
En 2003, la UNESCO la incluyó en su registro Memoria del Mundo, un honor que comparten muy pocas películas. En el rodaje participaron dos colaboradores que acompañarían a Buñuel durante años: el director de fotografía Gabriel Figueroa, uno de los grandes del cine mexicano, y el guionista Luis Alcoriza.

Un mexicano de Calanda
En 1949, Buñuel obtuvo la nacionalidad mexicana. Tras el éxito en Cannes, se convirtió en uno de los directores más solicitados del país y llegó a rodar varias películas en un mismo año. Alternaba encargos comerciales con obras muy personales, y en casi todas dejaba su sello: el humor negro, los sueños, la crítica a la hipocresía burguesa y una mirada compasiva hacia los marginados.
De esa etapa salieron títulos como Subida al cielo (1951), Él (1953), La ilusión viaja en tranvía (1953) o Ensayo de un crimen (1955). Con Nazarín (1959), adaptación de la novela de Benito Pérez Galdós, volvió a triunfar en Cannes. Y en El ángel exterminador (1962) imaginó a un grupo de invitados de la alta sociedad que, tras una cena, no pueden salir del salón sin que nadie sepa explicar el porqué. Simón del desierto (1965) fue su última película rodada en México; después llegaría su etapa francesa, con títulos como Belle de jour o Ese oscuro objeto del deseo.

La otra orilla del talento español
Buñuel no fue el único español que encontró en México una segunda patria. Tras la Guerra Civil, el país acogió a miles de exiliados españoles, entre ellos escritores, profesores, científicos, editores y artistas que dejaron una huella profunda en su vida cultural. Su colaborador Luis Alcoriza, nacido en Badajoz, formaba parte de esa generación: tras escribir varios guiones con Buñuel, se convirtió él mismo en un destacado director del cine mexicano.
En aquella comunidad coincidieron también la pintora Remedios Varo o la actriz Angelines Fernández, que décadas después daría vida a Doña Clotilde en El Chavo del 8. Para muchos de ellos, como para Buñuel, México dejó de ser un refugio provisional para convertirse en su hogar definitivo.
Treinta y seis años: Buñuel en México
Aunque sus últimas películas las rodó en Francia, Buñuel nunca dejó de vivir en México. Allí escribió, con la ayuda de su colaborador Jean-Claude Carrière, sus memorias, Mi último suspiro, publicadas en 1982. Murió en Ciudad de México el 29 de julio de 1983, a los ochenta y tres años.
El crítico mexicano José de la Colina llegó a decir que Buñuel había renacido en México. No es una exageración. El cineasta que llegó en 1946 sin películas y casi sin esperanzas encontró allí la libertad para crear una de las obras más personales del cine. Un aragonés de Calanda que se unió a la lista de quienes unieron para siempre las dos orillas.
Para saber más
Buñuel, Luis. Mi último suspiro. Plaza & Janés, 1982.
Aub, Max. Conversaciones con Buñuel. Aguilar, 1985.
Colina, José de la y Pérez Turrent, Tomás. Prohibido asomarse al interior. Joaquín Mortiz, 1986.



