Mario Benedetti y el teatro: el poder de la palabra frente a la violencia
La escena como espejo de la represión política y de la lucha por preservar la libertad individual frente al autoritarismo
Mario Benedetti (Uruguay, 1920-2009) conquistó a millones de lectores con sus poemas, sus cuentos y novelas como La tregua, pero su relación con el teatro constituye una de las facetas menos conocidas de su trayectoria. Aunque escribió solo cuatro obras dramáticas, aquel recorrido, que comenzó con la ironía sobre el mundo literario y terminó enfrentándose a la violencia política, dejó una de las piezas más contundentes de su compromiso intelectual: Pedro y el capitán.
El dramaturgo uruguayo no fue un autor teatral prolífico. Él mismo consideró sus primeras incursiones como exploraciones, pero no por ello carecen de interés. En ellas se encuentran algunas de sus preocupaciones recurrentes: la responsabilidad individual, las contradicciones de la sociedad, la fragilidad de las convicciones y la capacidad de la palabra para revelar aquello que se esconde tras las apariencias.
Un teatro que comenzó entre escritores
La primera obra teatral publicada por Benedetti fue Ustedes, por ejemplo, en 1953. El texto apareció en la revista uruguaya Número, vinculada al ambiente intelectual en el que el escritor desarrollaba buena parte de su actividad. La pieza inauguró una etapa en la que el escenario se convirtió en un espacio para examinar, con humor y espíritu crítico, los debates culturales de su tiempo.
En aquellos primeros textos, el escritor se acercó al mundo de los intelectuales, sus ambiciones y sus contradicciones. La literatura no aparecía únicamente como una actividad artística, sino también como un ámbito de relaciones personales, rivalidades y disputas sobre el papel de la creación en la sociedad.
A esa etapa pertenece El reportaje, publicada en 1958, una pieza que acabaría compartiendo volumen con Ida y vuelta. Esta última, escrita en los años sesenta, recibió reconocimientos en concursos teatrales uruguayos y alcanzó una especial relevancia dentro de su producción dramática.
Las tres obras tempranas permiten descubrir un Benedetti distinto del poeta sentimental que muchos lectores tienen en mente. Hay en ellas observación social, ironía y una voluntad de poner en cuestión los mecanismos del propio mundo cultural. La crítica posterior ha estudiado estos textos como un proyecto relacionado con la reflexión sobre la literatura, la identidad nacional y las posibilidades del lenguaje escénico.

Pedro y el capitán: cuatro actos frente a la barbarie
En 1979 apareció la obra que terminó dando a Benedetti un lugar destacado en la dramaturgia latinoamericana. Pedro y el capitán se publicó en México, durante el exilio del escritor, y fue estrenada ese mismo año por el grupo uruguayo El Galpón, que también se encontraba fuera de su país.
Uruguay vivía entonces bajo una dictadura cívico-militar, instaurada en 1973 y prolongada hasta 1985. La represión política, las detenciones clandestinas y la tortura formaban parte de una realidad que numerosos artistas e intelectuales denunciaron desde el exilio. Benedetti eligió enfrentarse a ella sin convertir el escenario en una simple tribuna política.
La obra se articula en cuatro actos y concentra la acción en el encuentro entre dos hombres: Pedro, un prisionero político sometido a interrogatorios, y el capitán, encargado de obtener información mediante la tortura. El escenario se reduce a un espacio cerrado en el que el diálogo se convierte en un combate moral.
El capitán dispone de la fuerza, de la autoridad y de los instrumentos de coacción. Pedro, en cambio, se encuentra físicamente indefenso. Sin embargo, la relación entre ambos no se limita a la oposición entre un verdugo poderoso y una víctima impotente. Benedetti sitúa el conflicto en un terreno más incómodo: el de las justificaciones con las que alguien intenta convertir la crueldad en una tarea legítima.
El interrogador trata de presentar su actuación como una obligación profesional, una necesidad política o un procedimiento destinado a conseguir información. El prisionero se resiste a aceptar esa lógica. Cada conversación pone a prueba las convicciones de ambos y revela que la violencia no termina en el daño físico, sino que pretende quebrar la identidad de quien la sufre.
La decisión de Benedetti de concentrar la acción en la palabra resulta fundamental. La tortura no necesita convertirse en un espectáculo explícito para hacerse presente. El público percibe sus consecuencias a través de las preguntas, las respuestas, los silencios y la tensión que va acumulándose en la habitación.
La palabra como campo de batalla
Uno de los grandes aciertos de Pedro y el capitán consiste en evitar una división demasiado cómoda entre el bien y el mal. La obra no justifica la tortura ni equipara moralmente a víctima y verdugo. Lo que hace es examinar los mecanismos mediante los cuales el torturador intenta preservar una imagen aceptable de sí mismo.
El capitán necesita creer que cumple una función, que actúa por un propósito superior o que su responsabilidad individual queda diluida dentro de una estructura de poder. Pedro, por su parte, se enfrenta a una prueba extrema en la que la dignidad no depende de una victoria convencional, sino de la posibilidad de conservar un espacio interior frente a la violencia.
La conversación se convierte así en una lucha por definir la realidad. ¿Quién tiene derecho a imponer su versión de los hechos? ¿Puede una orden liberar de responsabilidad a quien la ejecuta? ¿Qué sucede cuando las instituciones que deberían proteger a las personas se convierten en instrumentos de persecución?
Son preguntas que desbordan el contexto histórico en el que nació la obra. Su denuncia se dirige a la represión de la dictadura uruguaya, pero también alcanza a cualquier sistema que utilice el miedo y la deshumanización para someter a sus adversarios.

Del exilio a los escenarios del mundo
La historia de Pedro y el capitán está estrechamente ligada a la del teatro independiente uruguayo. El Galpón, uno de los grupos más importantes de ese movimiento, se vio obligado a desarrollar parte de su actividad fuera del país durante la dictadura. Su estreno mexicano en 1979 convirtió la pieza en una forma de resistencia cultural desde el exilio.
A partir de entonces, la obra encontró intérpretes y públicos en distintos países de América y Europa. Su estructura, basada en dos personajes y un espacio reducido, favoreció su adaptación a escenarios muy diferentes. Pero su difusión no se explica solo por la sencillez de la puesta en escena. La confrontación entre quien ejerce la violencia y quien la padece plantea un conflicto que no necesita demasiadas explicaciones para resultar reconocible.
La pieza también ha sido objeto de estudios académicos que examinan su representación del terrorismo de Estado, la memoria colectiva y la dificultad de expresar el horror. El teatro ofrece aquí una posibilidad particular: transformar una experiencia de violencia en un acto compartido de escucha y reflexión.
La Fundación Mario Benedetti ha mantenido una relación activa con la difusión de la obra y con el apoyo a su representación. En 2020, durante la crisis provocada por la pandemia, anunció la liberación de los derechos de montaje para las compañías que solicitaran acogerse a aquella medida excepcional.

Para saber más:
- Benedetti, Mario. Pedro y el capitán. Madrid: Alianza Editorial, 2020.
- Paoletti, Mario. El aguafiestas: Benedetti, la biografía. Santillana-Alfaguara, 1996.
- Cosse, Rómulo (coord.). Mario Benedetti, papeles críticos. Linardi y Risso, 2000.



