La zarzuela que se hizo cubana
La zarzuela llegó a Cuba desde España, pero en la isla aprendió a cantar con otro acento. De los bufos habaneros a Cecilia Valdés, la historia de un género con doble pasaporte.
La noche del 26 de marzo de 1932, el Teatro Martí de La Habana estaba lleno. En el foso, el compositor Gonzalo Roig dirigía la orquesta en el estreno de su obra más ambiciosa: Cecilia Valdés, la adaptación de la novela más célebre de la literatura cubana del siglo XIX. El público aplaudió a rabiar. Acababa de nacer el gran símbolo de un género con doble pasaporte: la zarzuela cubana.
Porque la zarzuela llegó a Cuba desde España, pero en la isla aprendió a cantar con otro acento. Se mezcló con los ritmos afrocubanos, puso en escena a personajes de la calle habanera y terminó convirtiéndose en una de las expresiones más queridas del teatro musical local.

Un género que cruzó el mar
La zarzuela nació en la España del siglo XVII y debe su nombre al palacio de la Zarzuela, un pabellón de caza cerca de Madrid donde la corte asistía a funciones que mezclaban partes habladas y cantadas. Con el tiempo se convirtió en el gran teatro musical popular español, con dos variantes: la zarzuela grande, de varios actos, y el género chico, piezas breves y ligeras.
Llegó a Cuba en el siglo XVIII. En 1775 abrió en La Habana su primer gran teatro, el Coliseo, y a lo largo del siglo XIX las compañías españolas de zarzuela recorrieron la isla con éxito. El público habanero conocía de memoria los títulos que triunfaban en Madrid. Pero pronto empezó a reclamar algo más cercano: historias y músicas que hablaran de Cuba.
Del bufo al Alhambra
Esa respuesta llegó primero desde el teatro popular. En 1868 surgieron en La Habana los bufos habaneros, compañías que, siguiendo el modelo de los bufos madrileños, ofrecían comedias con canciones y bailes de la isla, como la guaracha. Fue el germen del llamado teatro vernáculo cubano.
Su gran templo fue el Teatro Alhambra, que durante el primer tercio del siglo XX llenó La Habana de sátiras musicales. En aquellas obras se repetían tres personajes que el público adoraba: el negrito, la mulata y el gallego, el emigrante español que, con su acento y sus costumbres, se convirtió en figura habitual de la escena cubana. En ese trío ya estaba el retrato de una sociedad mestiza, hecha de herencias africanas y españolas, que la zarzuela cubana llevaría después a su máxima expresión.

La edad de oro de la zarzuela cubana
La zarzuela propiamente cubana vivió su época dorada entre finales de los años veinte y los cuarenta. Suele situarse su inicio en 1927, con Niña Rita o La Habana de 1830, de Ernesto Lecuona y Eliseo Grenet. A partir de entonces, tres compositores dominaron el género: el propio Lecuona, Gonzalo Roig y Rodrigo Prats. Sus obras llenaron teatros como el Martí, el Payret o el Regina.
La fórmula combinaba la estructura de la zarzuela grande española con los ritmos de la música cubana: la habanera, el danzón, la guajira o los toques afrocubanos. Las historias se ambientaban a menudo en la Cuba colonial y tenían como protagonista a una mujer mulata, símbolo de una identidad mestiza. Así ocurre en las tres obras que forman la llamada trilogía de oro: María la O (1930), de Lecuona, estrenada el 1 de marzo en el Teatro Payret; Cecilia Valdés (1932), de Roig; y Amalia Batista (1936), de Prats. Lecuona firmó también otros éxitos como El cafetal o Rosa la China.

Cecilia Valdés, de la novela a la escena
La zarzuela de Roig se basa en Cecilia Valdés o La Loma del Ángel, la novela de Cirilo Villaverde publicada en su versión definitiva en 1882 y considerada la obra literaria cubana más importante del siglo XIX. Cuenta la historia de amor entre Cecilia, una joven mestiza de gran belleza, y Leonardo Gamboa, hijo de una familia blanca y rica, sin que ninguno de los dos sepa que son hermanos. A través de ellos, Villaverde retrató la sociedad de la Habana colonial y la desigualdad de una época marcada por la esclavitud.
Curiosamente, Lecuona fue el primero en intentar adaptarla, pero los herederos del novelista le negaron el permiso, que concedieron después a Roig y a los libretistas Agustín Rodríguez y José Sánchez Arcilla. Roig se volcó en la partitura: según confesó años más tarde, durante más de un mes apenas salió de su casa y del teatro. En el estreno, el papel de Cecilia lo interpretó la soprano mexicana Elisa Altamirano. El resultado fue una obra que fusiona la tradición lírica europea, la zarzuela y la música afrocubana, y que muchos consideran la cumbre del género.
El viaje de vuelta
La zarzuela que salió de España regresó transformada. María la O se convirtió en la más popular y representada del género, no solo en Cuba, sino también en España y en otros países de Hispanoamérica. Su autor, Ernesto Lecuona, mantuvo además una estrecha relación con España: su Malagueña, incluida en la Suite Andalucía, es una de las piezas para piano más interpretadas del mundo, y murió el 29 de noviembre de 1963 en Santa Cruz de Tenerife, adonde había viajado para conocer la tierra natal de su padre.
Cecilia Valdés también ha cruzado el Atlántico de vuelta. Sopranos españolas como María Bayo o Mariola Cantarero han dado vida a la protagonista, y en 2020 la obra se representó en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, la casa del género en España. Aquella noche, la zarzuela que un día viajó a La Habana regresó a su casa con acento cubano, un ejemplo perfecto de cómo la cultura, capaz de trascender fronteras, se enriquece en cada viaje.
Para saber más
Carpentier, Alejo. La música en Cuba. Fondo de Cultura Económica, 1946.
Leal, Rine. La selva oscura. Editorial Arte y Literatura, 1975-1982.
Villaverde, Cirilo. Cecilia Valdés o La Loma del Ángel. Cátedra, 1992.



