Saltar al contenido

Sábado, 31 de octubre de 2026 00:02

Newsletter
Música

De ida y vuelta: la música que unió las dos orillas

La guitarra, la décima espinela y los romances cruzaron el Atlántico, se transformaron en América y, siglos después, regresaron a España como guajiras, milongas y habaneras.

Por Juan Francisco Murúa 28 de octubre de 2026 6 min de lectura
Cantaora de flamenco con vestido de volantes actuando en un tablao, acompañada por tres guitarristas, dos palmeros y tres palmeras.
Espectáculo flamenco en el Tablao Flamenco Cordobés de Barcelona. Foto: Mercebcn, CC BY 3.0, vía Wikimedia Commons.

En una fiesta campesina de Cuba, un guajiro improvisa diez versos de ocho sílabas para responder a su rival. A miles de kilómetros, en un tablao de Cádiz, un cantaor entona una guajira que evoca palmeras y cañaverales. Ninguno de los dos piensa en ello, pero ambos cantan una historia compartida: la de la música que cruzó el Atlántico, fue transformada en América y, siglos después, regresó a España con otro acento.

En los albores de la época virreinal, en las bodegas de los barcos no sólo viajaban los colonos. Iban acompañados de instrumentos, estrofas y canciones. Al llegar, se mezclaron con las tradiciones indígenas para dar lugar a algo nuevo. Este es el relato de ese viaje de ida y vuelta.

Tablao Flamenco Cordobés, Barcelona. Foto: See1,Do1,Teach1, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons.

La guitarra y su numerosa familia

Antes de la llegada de los españoles, los pueblos americanos no conocían los instrumentos de cuerda pulsada. Los españoles llevaron consigo la vihuela, el instrumento de los salones aristocráticos del Renacimiento, y la guitarra, mucho más popular. En la España del Siglo de Oro la guitarra se asociaba a barberos y gentes del pueblo, y llegó a los virreinatos en distintos tamaños y afinaciones. Al poeta rondeño Vicente Espinel se le atribuye incluso haberle añadido la quinta cuerda, aunque los historiadores discuten esa paternidad.

En América, aquellos instrumentos se multiplicaron en una familia numerosa. De la guitarra renacentista y barroca descienden el cuatro venezolano, la vihuela mexicana y la jarana del son jarocho. El tiple colombiano, heredero de la vihuela según la tradición, agrupa doce cuerdas metálicas en cuatro órdenes de tres. Y en los Andes nació el charango, pequeño y agudo, cuya caja se fabricaba a menudo con el caparazón de un armadillo, el quirquincho.

Charango de la colección Walter Kässbohrer, exhibido en la Dietrich-Keuning-Haus de Dortmund. Foto: StagiaireMGIMO, CC BY-SA 4.0«>CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.

Diez versos que arraigaron en un continente

Vicente Espinel nació en Ronda en 1550 y murió en Madrid en 1624. Sacerdote, músico y escritor admirado por Cervantes y Lope de Vega, publicó en 1591 sus Diversas rimas, un libro en el que ensayaba casi todas las estrofas de su tiempo. Entre ellas figuraba una décima de estructura muy precisa: diez versos octosílabos que riman según el esquema abbaaccddc. En su honor, y a propuesta de Lope, pasó a llamarse «espinela».

La estrofa triunfó en el Siglo de Oro, pero su gran destino estaba al otro lado del océano. Mientras en la España peninsular fue perdiendo presencia en el canto popular, en América echó raíces profundas. Hoy se canta en Cuba en el punto guajiro, que también se conserva en Canarias; en Puerto Rico, en la trova y el seis; en Panamá, en la mejorana; en el Río de la Plata, en la payada; en Chile, en el canto a lo poeta; y en Perú, en la décima afroperuana. En muchos de esos lugares se improvisa: dos cantores se enfrentan en duelo, verso a verso, ante un público que celebra cada rima.

La espinela sigue viva también entre los músicos contemporáneos. El uruguayo Jorge Drexler dedicó a esta estrofa una charla TED en 2017, en la que la utilizó para reflexionar sobre la identidad. Que una forma poética nacida en Ronda hace más de cuatro siglos sirva hoy para hablar de mestizaje dice mucho de su capacidad de viajar.

Payada en una pulpería. Carlos Morel.

Romances que cambiaron de nombre

Con los primeros colonos viajó también el romancero, esa colección de poemas narrativos que se cantaban de memoria en la península. Llegó de dos maneras: por transmisión oral y en los libros que se importaban desde España. A comienzos del siglo XX, el filólogo Ramón Menéndez Pidal intuyó que aquellos romances debían de seguir vivos en América y animó a buscarlos. Sus hallazgos se reunieron en Los romances de América y otros estudios, publicado en 1939. Décadas después, la investigadora Mercedes Díaz Roig recopiló el Romancero tradicional de América (El Colegio de México, 1990).

En México, el romance se transformó en algo propio. En 1939, el musicólogo Vicente T. Mendoza publicó El romance español y el corrido mexicano, un estudio comparativo que rastreaba la herencia del romance en el corrido, el gran género narrativo del país. Mendoza no lo veía como una simple copia, sino como el fruto de un mestizaje: el viejo molde castellano al servicio de historias, héroes y acontecimientos mexicanos.

Otros romances sobrevivieron casi intactos, escondidos en los lugares más inesperados. En Chile y en México perviven en oraciones y juegos infantiles. Más de un niño hispanoamericano ha cantado la historia de Mambrú, que se fue a la guerra, sin saber que la canción procede de una vieja canción europea sobre el duque de Marlborough.

El viaje de vuelta

La música no solo viajó de España a América. Durante el siglo XIX y comienzos del XX, el ir y venir de emigrantes, marineros y comerciantes trajo a la península ritmos nacidos o transformados al otro lado del Atlántico. El flamenco los adoptó y les dio nombre propio: los cantes de ida y vuelta. Bajo esa etiqueta se agrupan palos de características musicales distintas, unidos por su origen: la guajira, de raíz cubana; la milonga y la vidalita, del Río de la Plata y el norte argentino; la rumba; y la colombiana.

Esta última guarda una curiosidad. Pese a su nombre, la colombiana no llegó de Colombia: la creó en España el cantaor sevillano Pepe Marchena, en 1931, inspirándose en aires americanos. Marchena fue la primera gran estrella popular del cante y también uno de sus artistas más discutidos. Para unos, había endulzado el flamenco hasta volverlo superficial; para otros, lo había enriquecido. Su colombiana, en cualquier caso, la grabaron después figuras como El Lebrijano o Enrique Morente.

La habanera siguió un camino parecido. Los marineros de Torrevieja (Alicante), que comerciaban con Cuba, trajeron consigo aquellas melodías cadenciosas, que acabaron formando parte de la identidad de la ciudad. Desde el 7 de agosto de 1955, Torrevieja celebra su Certamen de Habaneras, hoy internacional y declarado de Interés Turístico Internacional. Una de las habaneras más universales, «La paloma», la compuso el alavés Sebastián Iradier. Es la prueba de que, en esta historia, a veces resulta difícil saber dónde empieza la ida y dónde la vuelta.

Monumento a Pepe Marchena. Parque del Príncipe. Marchena, Andalucía, España. Foto: CarlosVdeHabsburgo, CC BY-SA 4.0«>CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.

Una conversación a dos orillas

Hablar de «influencia» se queda corto para describir este intercambio. La guitarra que llegó a América volvió convertida en otros instrumentos; la décima que publicó un poeta rondeño se canta hoy con más fuerza en La Habana, Santiago de Chile o San Juan que en Ronda; y los cantaores andaluces aprendieron a añorar una Cuba que muchos nunca vieron.

Más que un legado que pasó de una orilla a otra, es una conversación que dura ya cinco siglos. Cada vez que un payador improvisa una décima o un cantaor se arranca por guajiras, esa conversación continúa.

Para saber más

Menéndez Pidal, Ramón. Los romances de América y otros estudios. Espasa-Calpe, 1939.

Mendoza, Vicente T. El romance español y el corrido mexicano. Estudio comparativo. Ediciones de la Universidad Nacional Autónoma de México, 1939.

Díaz Roig, Mercedes. Romancero tradicional de América. El Colegio de México, 1990.

Te puede interesar

Más de Música

Lo mejor de Cultusfera, en tu bandeja de entrada

Recibe nuestras mejores historias y novedades, sin ruido ni prisas. Solo lo que merece la pena leer.