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Literatura

Mary Shelley, la mujer que dio vida a Frankenstein

Por Antonio Puente Mayor 29 de octubre de 2026 8 min de lectura
Montaje con el retrato de la escritora Mary Shelley junto a la imagen del actor Boris Karloff caracterizado como el monstruo de Frankenstein.
Richard Rothwell, Retrato de Mary Shelley (óleo sobre lienzo, expuesto en 1840). National Portrait Gallery, Londres. Dominio público. Wikimedia Commons. / Universal Studios, Boris Karloff como el monstruo de Frankenstein, fotografía promocional de 'La novia de Frankenstein' (1935). Dr. Macro. Dominio público. Wikimedia Commons.

El origen de una novela revolucionaria que desafió los límites de la ciencia, exploró los dilemas de la creación y cambió para siempre la historia del terror gótico

Mary Shelley y Frankenstein es una de las combinaciones de nombre y obra más reconocibles de la literatura universal. Publicada en 1818, la novela nació de la imaginación de una joven escritora y planteó cuestiones sobre la ciencia, la creación y la responsabilidad moral que siguen vigentes dos siglos después.

Tenía dieciocho años cuando imaginó una de las criaturas más célebres de la literatura universal. Hija de dos pensadores revolucionarios, compañera de algunos de los grandes poetas del Romanticismo y protagonista de una vida atravesada por el amor y la tragedia, Mary Shelley convirtió una pesadilla en una novela que sigue planteando preguntas incómodas sobre la ciencia, la responsabilidad y los límites de la ambición humana.

Mary Wollstonecraft Godwin nació en Londres el 30 de agosto de 1797. Su madre, Mary Wollstonecraft, fue una de las grandes precursoras del feminismo moderno y autora de Vindicación de los derechos de la mujer, publicada en 1792. Su padre, William Godwin, era un influyente filósofo político y escritor. Ambos defendían ideas radicales para su tiempo, desde la independencia intelectual hasta la crítica de las instituciones tradicionales.

Sin embargo, Mary nunca llegó a conocer a su madre. Wollstonecraft murió a consecuencia de una infección contraída tras el parto, cuando su hija tenía apenas once días. La niña creció bajo la influencia de un padre que fomentó su educación y su contacto con el mundo literario, aunque su relación no estuvo exenta de dificultades.

La ausencia materna dejó una huella profunda en su imaginación. Mary creció rodeada de libros y aprendió a contemplar la muerte como una presencia constante. Se cuenta que visitaba la tumba de su madre en el cementerio de St. Pancras, donde leía y buscaba un espacio propio. Años después, aquel lugar también quedaría vinculado a su relación con el poeta Percy Bysshe Shelley.

En 1814, cuando tenía dieciséis años, Mary se enamoró de Percy, un joven poeta casado que compartía las ideas radicales de su padre. Ambos huyeron juntos al continente, acompañados por Claire Clairmont, hermanastra de Mary. El escándalo fue considerable. La relación desafió las convenciones sociales y provocó un distanciamiento con William Godwin, que no veía con buenos ojos aquella unión.

Percy Shelley acabaría convirtiéndose en su marido, pero la pareja viviría marcada por las dificultades económicas, los viajes y las pérdidas familiares. De los cuatro hijos que tuvo Mary, solo uno llegó a la edad adulta. La muerte acompañó su trayectoria desde el comienzo, aunque su obra demostraría que aquella experiencia podía transformarse en una extraordinaria fuente de imaginación.

Reginald Easton, Portrait miniature of Mary Wollstonecraft Shelley (acuarela sobre marfil, 1857). Bodleian Library, Oxford. Wikimedia Commons. Dominio público.

El verano en que nació un monstruo

En 1816, Mary y Percy viajaron a Suiza y se alojaron cerca del lago Lemán. Europa atravesaba un periodo climático excepcional: el año anterior, la erupción del volcán Tambora, en la actual Indonesia, había expulsado a la atmósfera enormes cantidades de material que contribuyeron a alterar el clima. Las bajas temperaturas y las lluvias persistentes hicieron que aquel año pasara a la historia como el «año sin verano».

El mal tiempo obligó a un grupo de escritores a pasar largas veladas en Villa Diodati, la residencia alquilada por Lord Byron. Allí coincidieron Mary, Percy, Byron, Claire Clairmont y John William Polidori, médico personal del poeta y escritor por vocación.

Las conversaciones giraban en torno a la literatura, la filosofía y los avances científicos. En aquellos años despertaban un enorme interés los experimentos con electricidad y las teorías sobre la posibilidad de reanimar tejidos orgánicos. Los trabajos de Luigi Galvani y Alessandro Volta alimentaban el debate sobre la relación entre electricidad y vida, mientras la medicina avanzaba en el conocimiento del cuerpo humano.

También leían relatos sobrenaturales. Entre ellos figuraba Fantasmagoriana, una recopilación francesa de historias de fantasmas publicada en 1812. Aquel ambiente de tormentas, conversaciones intelectuales y narraciones inquietantes preparó el terreno para una de las propuestas más célebres de la historia literaria.

Según el relato que Mary incorporó años después a la introducción de su novela, Byron propuso que cada participante escribiera una historia de fantasmas. La idea entusiasmó a algunos más que a otros. Mary, sin embargo, tardó en encontrar un argumento que estuviera a la altura del desafío.

La inspiración llegó durante una noche de insomnio. La escritora imaginó a un estudiante de ciencias arrodillado junto a la criatura que acababa de crear, observando cómo aquella figura inerte comenzaba a mostrar señales de vida. La visión le produjo una impresión tan intensa que decidió convertirla en una historia.

Aquel sueño fue el germen de Frankenstein o el moderno Prometeo.

El encuentro de Villa Diodati también dio lugar a otra obra fundamental del terror. Polidori desarrolló El vampiro, relato publicado en 1819 que contribuyó a configurar la figura del vampiro aristocrático que más tarde alcanzaría una popularidad extraordinaria. El verano de 1816 había alumbrado así dos mitos destinados a perdurar.

Robertgrassi, Villa Diodati (fotografía, 27 de julio de 2008). Wikimedia Commons. Dominio público, por cesión del autor.

Frankenstein, una novela adelantada a su tiempo

Mary Shelley comenzó a desarrollar su relato durante aquel verano y lo convirtió en una novela durante los meses siguientes. Frankenstein o el moderno Prometeo apareció en Londres el 1 de enero de 1818, publicado en tres volúmenes y sin el nombre de su autora en la portada.

La anonimidad no era excepcional en la literatura de la época, pero el hecho de que se tratara de una mujer joven pudo influir en la decisión. La obra incluía un prólogo escrito por Percy Shelley, circunstancia que contribuyó a que algunos lectores atribuyeran inicialmente la autoría al poeta.

El nombre de Mary apareció en la segunda edición inglesa, publicada en 1823. En 1831, la escritora preparó una nueva edición revisada que incorporaba una introducción autobiográfica sobre el origen de la historia. Esta versión, más accesible y difundida, ha condicionado la lectura moderna de la novela.

La trama presenta a Victor Frankenstein, un estudiante obsesionado con descubrir el secreto de la vida. Su investigación culmina en la creación de un ser construido a partir de restos humanos. Sin embargo, cuando la criatura cobra vida, el científico queda horrorizado por su aspecto y la abandona.

Ese rechazo desencadena una tragedia que enfrenta al creador con su creación. El monstruo, dotado de inteligencia y sensibilidad, busca afecto y reconocimiento, pero recibe desprecio y violencia. Su sufrimiento acaba transformándose en resentimiento, y la persecución entre ambos conduce a consecuencias devastadoras.

La novela no se limita a ofrecer una historia de terror. Mary Shelley plantea una pregunta que continúa vigente: ¿qué responsabilidad tiene quien crea algo que después no está dispuesto a cuidar?

Victor representa la ambición científica desligada de sus consecuencias. Su error no consiste únicamente en intentar descubrir el origen de la vida, sino en negarse a asumir la responsabilidad por aquello que ha hecho. La criatura, por su parte, obliga al lector a preguntarse dónde reside realmente la monstruosidad: en una apariencia que provoca miedo o en la incapacidad humana para reconocer al diferente.

Por esa combinación de especulación científica, reflexión filosófica y atmósfera gótica, Frankenstein se considera una obra fundacional de la ciencia ficción moderna. Su influencia alcanza la literatura, el teatro, el cine y la cultura popular, aunque las adaptaciones hayan transformado con frecuencia la imagen original de la criatura.

Mary Shelley, Frankenstein; or, The Modern Prometheus (primera edición, página del título del volumen I, 1818). Editorial: Lackington, Hughes, Harding, Mavor & Jones, Londres. Wikimedia Commons. Dominio público.

Una vida marcada por la pérdida

La trayectoria de Mary Shelley estuvo atravesada por una sucesión de tragedias. En 1822, Percy Bysshe Shelley murió ahogado cuando su embarcación se hundió durante una tormenta en el golfo de La Spezia, en Italia. Tenía veintinueve años.

Mary quedó viuda con un hijo pequeño y regresó a Inglaterra. Desde entonces, dedicó buena parte de sus esfuerzos a mantener a su familia y preservar la obra de su marido, mientras continuaba desarrollando su propia carrera literaria.

La muerte de Percy alimentó una de las historias más conocidas de su biografía. Según el relato tradicional, su corazón no llegó a consumirse en la pira funeraria y Mary lo conservó durante años, envuelto en seda. El episodio se ha convertido en un símbolo de su duelo, aunque los detalles transmitidos sobre aquella reliquia deben tratarse con cautela.

La escritora publicó novelas, relatos, ensayos y libros de viajes. Entre sus obras más destacadas figura El último hombre, aparecida en 1826, una novela de anticipación que imagina un mundo devastado por una epidemia. Su protagonista contempla cómo desaparece progresivamente la humanidad, en una historia que combina la especulación apocalíptica con la reflexión sobre la pérdida.

La novela tuvo una recepción desfavorable en su época, pero posteriormente fue reivindicada por su audacia temática. Su visión de una sociedad amenazada por una enfermedad mortal muestra que la imaginación de Shelley no se agotaba en la figura del monstruo.

Durante sus últimos años, Mary vivió dedicada a su hijo, a la escritura y a la edición de los poemas y otros textos de Percy. Murió en Londres el 1 de febrero de 1851, a los cincuenta y tres años.

El funeral de Shelley. Louis Edouard Fournier. 1889. Wikimedia Commons

Para saber más:

  • Shelley, Mary. Frankenstein o el moderno Prometeo. Edición de Isabel Burdiel. Cátedra, colección Letras Universales, 2007.
  • Cross, Esther. La mujer que escribió Frankenstein. Editorial Minúscula, 2022.
  • Gordon, Charlotte. Mary Wollstonecraft / Mary Shelley. Circe, 2018.

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